La cocina del paraíso
Monday, May 02, 2011
La palabra Arabia nos lleva de golpe, a lomo de camello o de alfombra mágica, a una noción de maravilla y deleite sensorial. La imaginación levanta una rica cortina que deja pasar altivos jefes del desierto y hermosas esclavas que portan bandejas cuajadas de dátiles. De Las Mil y una noches a las aventuras de Lawrence de Arabia hay espacios donde poetas de ojos de terciopelo riman con lengua de aves las bellezas de la luna y de la noche, donde interminables y pausadas caravanas transportan sedas, alimentos y fábulas.
A través del mundo, han sido los libaneses quienes han llevado la opulencia de la culinaria árabe a halagar los sentidos de los occidentales. Centurias de tradiciones se conjugan en esas ricas bandejas que sin seguir el orden establecido de menú al que estamos acostumbrados, se frecuentan con los dedos y se bañan y rebañan en suntuosos aceites y salsas.
La cocina árabe hunde sus raíces en las preparaciones culinarias de las tiendas de los pueblos nómadas. Por siglos, se privilegiaron los alimentos que era posible transportar, como el arroz y los dátiles. Los componentes de carne y de leche viajaban con la caravana: ovejas y camellos. El comer era acto sencillo y nada más lejos de los recetarios de aquellos tiempos -si es que así pueden llamarse- que un orden estricto. El hambre que da el desierto era el mejor condimento.
Conforme viajaban, los saberes gastronómicos del Oriente Medio se iban infiltrando en las alforjas de los camellos. Nuevos condimentos y vegetales se añadían a las fórmulas existentes. Siria, Líbano, Palestina y Egipto aportaron a la cocina de los nómadas variedad de platilos y bebidas, que con el correer del tiempo y gracias en buena medida a la actitud empresarial de los libaneses, dio a luz la culinaria llamada genéricamente árabe, paradisíaco jardín de declicias que roba al tiempo un espacio para brindar al comensal un fragmento de paraíso.
Los pueblos árabes han profesado siempre una vocación hospitalaria. En la penumbra de la tienda, cualquier huésped es regalado con una taza de café o té de menta, que se consume bajo la mirada solícita del anfitrión.
El pan llamado árabe -redondo como neustras tortillas- apora la sencillez de su saber yla bondad de su textura y por muchos años ha sellado pactos de amistad y hospitalidad. La tahina, que es una pasta aceitosa hecha de granos de sésamo brinda energía y sabor incomparable. La Madre de Alí (Um Ali) nos lleva al mundo de los pasteleros de las mil noches y una, con sus componentes de uvas, coco y leche. ¿Aceitunas? Te darán Zatoon. ¿Albaricoques? Recibirás Mish mish. ¿Espinacas? Disfrutarás un vegetal muy parecido, de eufónico nombre: Melokhiyya. Y si crees que el mundo árabe no confecciona deliciosas pizzas, simplemente prueba Lahma Bi Ajeen y mudarás de opinión.
Interminable como las arenas del desierto y como los cuentos de Sharazad, la culinaria de los árabes es una aventura de tradiciones y sabores que al tiempo que sorprende los paladares deleita los sueños.
Nos cantan porque nos hablan
Saturday, March 12, 2011
-¿Debemos entender que las aves nos hablan?
-Todo el tiempo. Su canto interviene en los procesos de crecimiento de las plantas. Se vincula con la lluvia y con la nube. Con el viento. Nos cantan porque nos hablan, nos hablan para que llevemos a cabo nuestros procesos. Y el primero es percibir la belleza del mundo. Y que el mundo todo nos invoca, nos suscita. Cuando esto se hace consciente, hemos caminado hasta el origen con el árbol, el viento, la nube y el ave, y así podría decirse con razón que hemos resucitado.
Cuando la luz...
Friday, March 11, 2011
Como los trozos de los grandes poemas que nos han llegado del pasado, hay un largo e inacabado texto que se dice en muchos textos. Revela urdimbres y atisbos que no le es dado al hombre conocer en el plano cotidiano y en el siglo, abre la granada del presente y nos descubre intenciones y palabras de dioses y nos toma de la mano para llevarnos a la fuente fría donde el agua arrodillada nos sonríe, al tiempo que se ata la sandalia.
El ser resplandece en su joven potencia y se levanta.
El texto lo anuncia pero no lo precede.
Es su consecuencia y su propio pretexto, su resplandor, su idea, su celebración apasionada y su pasión sangrante.
Está hecho solamente de principio, no conocerá final y su sangre es la misma que corre por las venas de la aurora.
Ha suspendido al mundo con sus desiertos y sus injusticias, con su desesperación y su abuso, en la contemplación sagrada, esa que ha ocurrido hace tantos años, cuando la luz dibujó la primera veta del mármol y creció de la tierra negra el primer olivo.
Tiene al mundo en vilo, a punto de ejercer la respiración primera, la primera mirada, el primer grito.
Ha enredado al mundo en su fina telaraña, tan tenue lo ha hecho que no lo ha sentido, y como los trozos de los grandes poemas del pasado, arde incombustible y por las grietas de su sed manan incesantes las letras de la palabra gracias.
Los deseos paganos, de Aurelio González Ovies
Saturday, January 29, 2011
Nuestra costumbre: el fuego.
Somos dos seres ávidos.
Mi voluntad chispea
para vivir el día
y encontrar en su ardor
la misma causa.
(C) Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva
Voz: María García Esperón
Música: Chris Spheeris
MMXI
Hoy de nuevo me contradigo
Monday, November 29, 2010
Aurelio González Ovies
Ya sé que nada vale. Comprendo que es vacío. Entiendo que no quieran sus inútiles cargas. Adivino que a nadie le atraen sus espacios y que todos bajamos a sus solos dominios. Deduzco que es penoso avanzar con su peso. Presiento que es en vano arrastrar sus cadenas. Apruebo que renuncien a engarzarse en sus grillos. Si yo sería el primero que me iría muy lejos, que jamás miraría atrás desde el ahora. Sería yo el primero que rasgaría sus crónicas y arrancaría sus páginas y cortaría sus hilos. El primero entre muchos que ascendería a sus amplios monasterios de soplo y abatiría vitrinas y cofres y tratados. Y prendería fuego a almanaques y archivos.
Y desarraigaría cualquier rebrote súbito y desenredaría su actualidad caduca del posible presente que dejamos a medias, porque a vivir enteros, a vivir plenamente ni queremos del todo ni tampoco aprendimos. Yo, de veras, también estaría dispuesto a no volver jamás, a empezar desde aquí, un vertical camino, una ruta inflexible. Pero hoy, como otras veces, también me contradigo.
Y tantas cosas guarda que necesito a diario, por ver si estando inerte, entre sus trastos lánguidos y su supuesto suelo, me siento algo más vivo. Tantas gratas visiones conserva en sus pantallas, tantos cuerpos borrados separan sus canceles, tantos lugares míos heredaron sus límites que sin querer, queriendo, sí retrocedo y miro. Y revuelvo y rebusco y me adentro en aromas que casi había olvidado. Y con esos aromas me acurruco en su piel, que casi había olvidado. Y al tacto de su piel me resurgen latidos que casi había olvidado. Y cierto, entonces ciertamente, sumido entre lo muerto, regreso a mí, con menos del momento, pero mucho más vivo.
Sé que el pasado es nada, ceniza, polvo, céfiro, añoranza, residuo. Pero en sus alacenas hallo pomos tan viejos, porcelanas tan únicas, botellas tan amables, huele tan suave aún el vello del membrillo. Si abro sus armarios de luna y me introduzco desprenden sus maderas un contexto a familia, sus sábanas un halo a un jabón tan íntimo. Sé que el pasado es humo, lodo, ceguera, frío. Y sería yo el primero en abolir sus leyes, en prohibir sus cuartos confusos y vacantes. Mas, como en otras tantas ocasiones, soy frágil e insidioso, traiciono y me delato, no cumplo y sí predico. Como otros tantos días, me llevo la contraria. Ya sé, cualquiera me dirá, qué estupidez más grande, qué letras más tiradas. Lo sé, es así mi continuo errar al sinsentido.
(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 24 de noviembre de 2010
Habrá otra tarde
Sunday, November 28, 2010
Aurelio González Ovies
No puede terminarse todo aquí.
Dime que no. Que tendré un momento para verte
de nuevo,
para conocerte de nuevo,
para vivirte de nuevo.
Dime que volverás, que nos encontraremos
bajo esta misma tarde
y buscaremos otra vez donde techarnos
y miraremos detrás de unos cristales
y encenderemos el alma hasta la noche.
Dime que no es un viaje en vano el que hemos hecho
ni un viaje encaminado hacia la sola muerte.
(C) Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva
Borges, Einstein, Heráclito y la Sibila
Friday, July 23, 2010
Y la Sibila, con labios delirantes, diciendo cosas melancólicas,
carentes de adorno y sin unción, con su voz se hace oír miles de años,
gracias al dios que está en ella.
Heráclito
Dos estados de conciencia acontecidos en tiempos y espacio diferentes eventualmente se conectan como en el modelo del túnel de gusano o en un banco frente al río Charles en 1969.
Einstein desde la ciencia y Borges desde la ficción doblan el tiempo en sus respectivos modelos.
El del científico acecha desde el espacio como un agujero negro del que se puede salir y el del poeta desde el sueño del que se puede despertar, desprenderse y desaprenderse.
Por eso la voz de la Sibila es melancólica y no cuida de adornos, ¿para qué? si sabe que el gran público creerá más en dos neutrones desplazados en el laboratorio un nanosegundo hacia el futuro que en la pavorosa fusión de una conciencia humana con el dios todo tiempo todo el tiempo que está en ella.
Anthroopos y Pegaso
Thursday, July 15, 2010
En el poema, la voz recoge cosechas de mirada. Porque siguiendo a Sócrates en el Cratilo, sólo el hombre da razón de lo contemplado y por eso se llama anthroopos o contemplador de lo visto.
Sólo en el lenguaje-poema, puede el contemplador manifiestar la realidad contemplada tal y como la da a luz a través de sus ojos. Porque él la hace, desde la unidad con ella, desde su logos. Y a su logos, a la unidad, la devuelve vuelta poema.
Pero la unidad ha sido expulsada del discurso y las imágenes huérfanas no tienen a dónde regresar. Las aqueja la inconexión que reumatiza el lenguaje al que ya por el tiempo, ya por falsos embellecimientos ha quedado desfigurado y de tanto cuidarse de repeticiones y cacofonías, de precaverse de caer en débiles dulzuras, temeroso de mostrarse cavernario, de olvidarse de citar la fuente de donde obtuvo el nombre, no es capaz de decirle pan al pan ni vino al vino.
Contemplador incrédulo. Anthroopos que deja el templo y ya no considera. Ha devenido en observador. Pero aún observador desprovisto del bastón curvo de los augures y de su túnica blanca -lienzo de las palabras infinitas que provee el cielo- el hombre puede experimentar la unidad y la libertad en el acto supremo de la contemplación.
Y así podrá mirar el agua y beberla y decir sin temor de repetirse qué agua tan agua y bañarse en la fuente del origen, que no requiere ser citada porque es como el centro que está en todas partes; de la que brotó el nombre de Pegaso y Pegaso mismo y con él, las alas.
Quédate con mis libros, de Aurelio González Ovies
Saturday, July 10, 2010
Quédate con mis libros
cuando yo no esté aquí.
Que en las tardes de lluvia
el griego es más hermoso todavía
y quiero que conozcas la lengua de los dioses
y el silbante dialecto del invierno.
(C) Aurelio González Ovies
La hora de las gaviotas
Voz:María García Esperón
Música:
L. Einaudi
La imagen inagotable: sobre un texto de Aurelio González Ovies
Friday, July 02, 2010
Ser o no ser a través del texto, tal sería la cuestión.
La cuestión o la demanda, ambas serranías escarpadas pero deliciosas, como esos libros miniados que salpican visiones de paraíso entre sus arduas letras y que te dejan oro en los dedos.
En todo caso, la cuestión en este texto es emprender o no a través de él un camino iniciático. Para empezar, es un texto periodístico, esto predispone a la vivencia de lo dominical efímero. Pero la Y pitagórica se yergue en su portal. ¿Tomarás la via del turismo rural literario, extraordinariamente bien escrito, invitación al viaje? ¿O la otra, la del camino iniciático, peligroso y demoledor, incierto, despiadado en sus verdades?
El texto decide por ti y ya tomaste la segunda vía. La llave ha dado vuelta en la cerradura y se ha abierto. Es un tiempo original, una narración feérica, un tambor chamánico, sus hojas invisibles son jirones de la túnica de Parménides. El No ser no es en todos sus renglones de Ser. Sí, pero al ser es un ser de agonía, un Calvario con su Gólgota de imágenes, donde todas hieren y quizá la última mate.
Pero... ¿hay última? No, por donde se le aborde hay un principio. Es arxé pura. Enuncia al Universo desde el Principio de Unidad en la Belleza. Belleza que tuvo que ser Mirada. Mirada que tuvo que ser Voluntad. Voluntad que es Virtud o Fuerza. Atlántica mirada que sostiene, eleva y realza la Luz que revela la Imagen, las imágenes.
Inagotables, éstas devienen Alfabeto. Su concatenación es necesaria, pero pueden desprenderse, volar como aves y allá donde emigren generarán lenguaje.
Porque para que haya Imagen tiene que haber Palabra.
Y ésta se habla antes que se escribe.
Y ésta se sueña antes que se habla.
Sobre un texto de Aurelio González Ovies
Foto: Un vistazo con fondo del monte Aramo (posible divinidad gala) que, desde Morcín, domina sobre Oviedo y nos separa de otros concejos, con estelas y cielo solo. Aurelio González Ovies.
Hefestos labra el escudo de Aquiles en el Canto XVIII
Wednesday, June 30, 2010
Iliada
versos 424 al 617
Versión MGE
¿Por qué, venerable y querida
Tetis de largo peplo, llegas a nuestra casa?
Antes no solías frecuentarnos. Anda, dime lo que deseas,
a cumplirlo me empuja mi corazón,
siempre y cuando esté en mis manos hacerlo.
Tetis le respondió, derramando una lágrima:
Hefestos, dime si entre las diosas del Olimpo
conoces alguna que haya sufrido tantas desgracias
como las que Zeus Cronida me ha asignado.
Entre las hijas del mar
sólo a mí me entregó a un hombre,
a Peleo, hijo de Éaco,
y diosa, tuve que soportar sin quererlo su lecho de mortal.
Peleo ahora yace en su palacio,
abrumado por la triste y lúgubre vejez.
Hoy Zeus me envía otros males:
me hizo parir un hijo y alimentarlo,
mi hijo es el mejor entre los héroes
y creció semejante a un árbol.
Tras criarlo como a una vid en un fértil viñedo
yo misma lo envié a Ilión en las cóncavas naves
a combatir a los troyanos.
No lo recibiré de nuevo, no ha de regresar
a la casa de Peleo.
Aún está vivo y contempla la luz del sol,
pero vive afligido y no puedo, aunque quiera,
llevarle socorro.
Los aqueos le habían dado como recompensa
una joven bella.
El rey Agamemnón la arrancó de sus manos
y por tal razón ofendido
consumía su corazón.
Los troyanos sitiaron a los aqueos
junto a las cóncavas naves. No los dejaban
salir del campamento y los viejos y notables
argivos le suplicaron a Aquiles que volviera
y le entregaron espléndidos regalos.
Es verdad que entonces se negó a librarles de la ruina,
pero hizo que Patroclo vistiera sus armas
y lo envió a la batalla con muchos hombres.
Todo el día pelearon frente a las puertas Esceas
y hubieran tomado la ciudad los aqueos
si no fuera por Apolo:
mató entre la vanguardia de guerreros
a Patroclo, el esforzado hijo de Menetio,
que tanto daño había causado ente los teucros
y entregó la gloria de esa muerte a Héctor.
Por eso ahora abrazo tus rodillas
por si quisieras dar a mi hijo,
cuya vida ha de ser breve,
escudo, casco, hermosas grebas y coraza,
pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo
al morir a manos de los troyanos y Aquiles
yace en el suelo, con el corazón afligido.
Contestó el ilustre Cojo de ambos pies:
Confía, no te preocupes por las armas:
así pueda ocultar a tu hijo de la muerte
en el combate de estruendoso sonido
cuando se presente ante él la terrible Moira,
como que puedo hacer que tenga a su lado
armas hermosas, ingeniosas, bellas
que admirarán sin excepción quienes las vean.
Así habló y dejó a la diosa,
se dirigió a los fuelles, los volvió a la llama
y les ordenó que trabajasen.
Los fuelles soplaban en veinte crisoles
despidiendo alientos que avivaban el fuego
unas veces fuerte para trabajar de prisa
y otras al contrario
y todo era como Hefestos y la obra lo deseaban
Duro, ingastable bronce puso al fuego Hefestos,
puso también estaño y el oro que da valor
y puso plata y en su madero un gran yunque,
con una mano tomó el martillo,
con la otra las tenazas.
Primero que todo, hizo el grande y macizo escudo,
lo llenó de ingenio y puso en torno un cerco deslumbrante,
tres resplandecientes cenefas y una abrazadera de plata.
El escudo tendría cinco capas y en él labraría
muchas figuras con sabiduría de artífice.
En él forjó la tierra, en él, el cielo y el mar
y el infatigable sol y la luna plena
y todas las estrellas con que el cielo está coronado,
las Pléyades y las Híadas y la fuerza de Orión,
también la Osa, que tiene por sobrenombre el Carro,
y que gira siempre en el mismo sitio sin dejar de mirar a Orión,
única Osa que no se baña en el Océano.
En el escudo representó dos ciudades de hombres dotados de palabra.
Las ciudades eran bellas y en una se celebraban bodas:
Las novias salían de sus habitaciones y
a la luz de ardientes antorchas,
eran acompañadas por las calles de la ciudad,
entre gozosos cánticos nupciales.
Danzaban los jóvenes en círculo y sonaban
las flautas y las cítaras. Las mujeres
se asomaban a sus puertas y todo admiraban.
En el ágora de la ciudad había gran multitud:
se alzaba una contienda.
Dos hombres discutían a causa de una multa
que habría que imponer por un homicidio.
Uno de los hombres decía que había dado todo,
el otro afirmaba no haber recibido nada.
Ambos deseaban un fallo justo y presentaban testigos.
La multitud, dividida en dos bandos, aclamaba
ya al uno, ya al otro hombre, los heraldos
trataban de apaciguar a la gente y los viejos,
sentados sobre pulidas piedras en el círculo sagrado del consejo,
sostenían en las manos los cetros
que ostentan los heraldos de voz clara.
Se levantaban por turnos los ancianos y daban, uno a uno, su sentencia.
En el centro del sagrado círculo yacían dos talentos de oro
que serían entregados a quien mejor demostrara
la justicia de su causa.
La otra ciudad estaba rodeada por dos ejércitos;
sus armas relampagueaban y tenían opuestas voluntades:
arrasar la hermosa ciudad era una;
otra, dividir en dos partes las riquezas
de la ciudad hermosa.
Pero los habitantes aún no se habían rendido y se ocupaban
en preparar, a escondidas, una emboscada.
Las mujeres, los ancianos y los niños defendían la muralla;
los sitiados marchaban y al frente de su marcha
iban, áureos como soles, Ares y Palas,
armados, bellos y grandes como sólo los dioses pueden serlo,
pues los hombres tienen una estatura menor.
El lugar que escogieron para hacer la emboscada
estaba a orillas de un río donde abrevaba el ganado.
Pacientes, se sentaron cubiertos de bronce
y pusieron dos centinelas atentos a la llegada
de ovejas y bueyes de retorcidos cuernos.
Pronto llegaron los rebaños, custodiados
por dos pastores que se deleitaban
con el dulce sonar de sus zampoñas
sin presentir la asechanza.
Los emboscados los vieron llegar y rápidos,
corrieron a su encuentro, se apoderaron
de las manadas de bueyes, de los blancos
rebaños de ovejas y mataron, además, a los pastores.
Los sitiadores de la ciudad, que estaban
reunidos en la asamblea,
escucharon el tumulto y ágiles, montaron
en los caballos de aéreos pies y pronto llegaron.
A orillas del río se levantó una batalla,
unos a otros se golpeaban con las broncíneas lanzas.
Discordia y Tumulto imperaban y la funesta Parca,
cogía a un guerrero, aunque herido, vivo aún,
dejaba ileso a otro y arrastraba por los pies a un tercero.
Y la Parca tenía sobre los hombros un ropaje
teñido y chorreante de sangre de hombres.
En el escudo así se movían las figuras como hombres vivos
y así combatían y a los muertos arrastraban,
sobre cadáveres y heridos combatiendo.
Representó también un blando campo de labor
fértil y vasto campo que por tercera vez se labraba.
En ella muchos labriegos daban vuelta a la yunta
y al llegar al confín de la tierra blanda
un hombre les salía al encuentro y les daba
una copa de dulce vino y así reconfortados a los surcos tornaban
para abrir nuevos surcos y llegar al extremo del campo de labranza.
La tierra que dejaban a su espalda los labradores
se ennegrecía, y a pesar de ser toda de oro,
tierra de labranza parecía en el escudo representada;
sobre todas las cosas era ésta, sin duda, un prodigio.
También grabó el campo de hondas mieses
perteneciente a un rey;
jóvenes segaban las espigas con hoces afiladas:
caían éstas cortadas a lo largo del surco
y tres hacinadores formaban doradas gavillas
que eran llevadas en brazos por unos niños.
De pie en un surco, el rey estaba en silencio,
con el corazón alegre, en la mano su cetro.
Debajo de un roble, los heraldos aprestaban el banquete;
habían inmolado un gran buey y las mujeres
esparcían la blanca harina, sustento de hombres.
Talló también un viñedo de oro, cargado de uvas,
de él bellos racimos colgaban de varas de plata.
Rodeaba la viña un foso sombrío y luego trazó un seto
de estaño; a ella conducía un solo camino
por donde pasaban los acarreadores de la vendimia.
Doncellas y jóvenes pensando tiernos asuntos
llevaban en trenzados cestos el fruto de miel.
En medio de ellos un niño
tañía grato son en la lira armoniosa
y con tenue voz entonaba el canto de Lino;
todos acompañaban su canto, golpeando con los pies el suelo
y profiriendo voces de júbilo.
Y grabó un rebaño de vacas de cuernos erguidos:
las vacas eran de oro y estaño y salían del establo mugiendo
para pastar en un sonoro río junto a la rugiente cañada.
Cuatro pastores de oro conducían a las vacas
y eran seguidos por nueve perros de ligeros pies.
Dos terribles leones, entre las primeras vacas,
habían sujetado a un toro que mugía fuertemente.
Mancebos y perros los perseguían, pero los leones
habían logrado desgarrar la piel del toro
y ya tragaban los intestinos y la negra sangre.
Aunque era inútil, los pastores azuzaban a los ágiles canes,
ellos se apartaban de los leones sin dejar de ladrar,
sin morder ladraban, rehuyendo el encuentro con las fieras.
Encima, el ilustre Cojo de ambos pies hizo un bello prado
en un hondo valle donde pacían blancas ovejas
y establos y cabañas techadas y apriscos.
El Cojo magnífico labró luego un piso
con el dibujo de un laberinto,
como el que Dédalo había diseñado
como lugar de danza
en el gran palacio de Knossos
para obsequiar a la princesa Ariadna, de bellos rizos.
Ahí bailaban mancebos y doncellas de divina belleza
tomados de las manos. Ellas llevaban sutiles velos
y ellos, túnicas bien tejidas y lustrosas, frotadas de aceite.
Ellas portaban coronas de flores, ellos espadas
de oro suspendidas de tahalíes de plata.
A veces, moviendo los adiestrados pies,
daban vueltas en redondo con la facilidad con que el alfarero
aplica al torno su mano y lo prueba para ver si funciona;
a veces se colocaban en hileras y bailaban por separado;
de este modo bailando descifraban los dibujos
del laberinto que era un baile
y que había diseñado Dédalo.
Gran multitud se congregaba en la sala magnífica,
en la danza se deleitaba y ahí cantaba el aedo divino
acompañándose con la lira.
Dos ágiles saltadores,
al comenzar el canto, en medio del grupo
efectuaban acrobacias sublimes.
Y, en la orla del sólido escudo,
El Cojo divino, a pedido de Tetis, la diosa,
representó la poderosa corriente del Río Océano.
Después que hubo fabricado, grande y fuerte,
el escudo,
hizo una coraza más reluciente que el fuego,
fabricó un yelmo sólido, hermoso y labrado,
que se adaptara a las sienes de Aquiles;
encima le puso un penacho de oro
y fabricó grebas de flexible estaño.
Cuando todas las armas hubo forjado
el ilustre Cojo de ambos pies,
las levantó delante de la madre de Aquiles
y Tetis, como un halcón,
se lanzó desde el Olimpo nevado
llevando las armas refulgentes
fabricadas por Hefestos.
Evohé!
Monday, May 24, 2010
Del delirio poseído, lanza al aire sus clamores
porque quiere que quiere delirar
para encontrar la lucidez.
Todo es consunción
y llamarada lúcida
y una
todavía
más
más
lúcida
embriaguez.
Los ojos claros
Sunday, May 23, 2010
Vivíamos en Atenas
y ese solo hecho nos hacía felices.
(Rex Warner, Pericles el ateniense)
Y cuando el que está impregnado de belleza
encuentra el manantial de lo bello,
oh Sócrates,
y lo hace visible porque tiene
los ojos claros para eso
y lo sabe único en lo múltiple,
a él se une y engendra
virtudes de escala y de vuelo
y por todo esto es feliz
y su felicidad invisible.
Permanece todavía un momento; eres tan bella
Thursday, May 13, 2010
Permanece todavía un momento;
eres tan bella.
Canción y utopía para Goethe
de Aurelio González Ovies
Olvidarte es decir que no
a la vida,
porque estás en los árboles
si los miro despacio,
y en la hierba que piso
rozo tu superficie
y te siento en la lluvia
cuando cae de pronto
y te oigo en la tierra
al girarse callada
y te abrazo en el aire
de cada movimiento
y te veo en la noche
aunque vengas oscura
y te pronuncio en todos
los objetos que nombro
y me mojas los labios
al contacto del agua.
Olvidarte es negarme
a seguir adelante,
porque con tu pasado
ando yo mi futuro
y de tu lejanía
resulta mi distancia
y a menudo te toco
cuando muevo las manos
y cada día me llegas primero
tú que el alba
y contigo respiro
mejor que con un soplo
y tú eres mi víspera
de cualquier día, a diario
y si no espero en ti...
Y es que tú estás en todo.
(C) Aurelio González Ovies
Nadie responde (1994)
Esta luz tan breve
Saltadera, Oviedo, 2008
Voz: María García Esperón
Música: Primavera. Ludovico Einaudi
MMX
Preludio de Primavera, de Aurelio González Ovies
Saturday, May 01, 2010
Aurelio González Ovies
Ojalá nunca aturdan la agilidad de tus alas y llegues siempre puntual a los terrenos de la Tierra. Y te sigas posando sobre la superficie de las flores, con la sonoridad de tus tonos silvestres, en el ramaje de los árboles, en las orillas de los ríos, en el plumaje de los pájaros más nuevos, en los comienzos de los frutos, en la blandura de los brotes, en la simplicidad del césped.Nunca se le dé al hombre por encerrarte en sus vidrios caprichosos, en sus viciosas urnas, y desglosar tu luminiscencia ni averiguar tus fértiles partículas ni analizar el polen de los repartidores dadivosos de tus trenes. No te conmuevan sus promesas, no te persuadan sus ofrendas. No quiera tutelarte para destruirte, preservarte para romperte, resguardarte para extinguirte. No envidie tu libertad y tus cíclicos aconteceres. No pretenda aniquilarte con la excusa pacífica de protegerte.Sea mayo el preludio de tu lento desenlace, abril el andén de tu simiente. Marzo, por los años de los años, el espacio de tus detonaciones en la rubia presencia de las mimosas, en la brisa que sueltas, fresca y limpia, con sabor como a sed y adolescente. Sean tuyas, tuyas sólo, las tardes más hermosas, la claridad del cielo y el canto conyugal de los jilgueros. Tuyos los repechos de prímulas y musgos en las proximidades de las límpidas fuentes. Para ti la espesura de los helechos tiernos y el silbido del mirlo en la concavidad de los amaneceres.Vengan contigo el ensueño de la rosa, tan dócilmente fugitivo; la timidez brillante de los lagartos, el «dulcemargor» del pomelo y del arándano, del níspero y de las cerezas. Seas eternamente quien fuiste y, de momento, eres: la esparcidora de orígenes y de esplendor, la iniciadora de la naturaleza. Sigas con tu empeño en las crisálidas, en las vísperas de los escarabajos y las luciérnagas. Prohíbe que te amputen, no los dejes.Ojalá no posesionen tus milagros, ojalá no estanquen tus desbordamientos, ojalá no se apropien de tus iniciaciones ni de tu voluntad ni de tu verde. Ni de tus bayas carnosísimas ni de tu maternal benevolencia ni de los cereales que disperses. No permitas jamás que los humanos manejemos tus épocas ni decidamos tus turnos ni soltemos tus reinas, tus avispas ni fabriquemos panales ni nos entrometamos en la íntima razón de tus esquejes. No lo vean ni tu independencia ni nuestras presunciones insolentes (La Nueva España, 24-03-10).
(C) Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva
Voz:
María García Esperón
Música: Jordi Savall
Le disque du temps et de l'instant
MMX
Pasífae de Vilanova
Wednesday, April 28, 2010
Foto: Blog La Pasión Griega
A Selene-Hada Moreno Ortega, por su Pasífae
Salida de las manos del escultor catalán Òscar Estruga, es ya el símbolo de Vilanova i la Geltrú, brilla sobre todo como en los viejos tiempos de los mitos y por la media luna de su tensión anhelante pasa la luz
Toda luna, Pasifae de Vilanova, toda luz y toda sombra.
Y toda cobre, como Cypris y como la alquimia de la planta de las catedrales góticas.
Atemporal y salada, mediterránea y mítica.
Jeroglífica Pasífae.
Impaciente en el ingenio bovino cincelado por su Dédalo, tan eterno, tan transido de tiempo como ella, tan presente en nuestras cosas, en nuestro pan, en nuestro vino, en nuestro olvido y en el sol que nos alumbra para abrirnos los ojos a los misterios de la sombra.
Y tú mismo, inmortal
Tuesday, April 20, 2010
Y si por ventura la vislumbras alguna vez,
no se compara ni con el oro ni con los jóvenes
y bellos rostros, ni con los vestidos ni los tronos rutilantes.
Y si eso ocurriera, en ese punto tu vivir adquirirá el valor
al que está destinado.
Porque la verás no con los ojos del cuerpo sino con los otros,
alimentados de virtud, agudos y claros y elocuentes.
Y entonces serás amigo de los dioses y tú mismo, inmortal.
Afrodita
Friday, April 16, 2010
Es costumbre entre los bárbaros tener por deshonroso el complacer a Afrodita. Pero también consideran deshonrosa la filosofía. Porque súbditos con sentimientos elevados son difíciles de gobernar por no decir imposibles, y porque el amor suele producir amistades sólidas y sociedades áureas, las que no admiten ni tirano ni ignorancia.
No camina sobre el suelo
Wednesday, April 14, 2010
... sino en los más dulces de los seres, donde además habita: en las almas de los dioses y de los hombres tiene la morada. Pero no en todas. Es flexible y tenue, casi inadvertido atraviesa las almas, se instala y las dulcifica y luego se marcha también inadvertido y tan inerme como entró, como si nada.
Libros, de Aurelio González Ovies
Gracias, libros: he tenido en mis manos hasta lo inalcanzable, lo que soñé a menudo, lo que la luz no ofrece ni la sombra te acerca. He pasado las páginas de lo que me dejó o perdí en el camino. He anotado los símbolos que nunca dije a nadie, he glosado las líneas que no compartiría jamás de los jamases. He pisado las calles fangosas de Macondo, he tocado a la Eneida, creyéndola mujer, he estado muchas noches a la épica sombra de la esperanza lóbrega de la firme Penélope. Gracias, libros, por las revelaciones y por las contingencias.
Por mis dedos cruzaron las golondrinas lóbregas que no han de regresar, las aguas de los ríos que van a dar al mar, inexorablemente; el canto de los pájaros que añoraba ya en vida, en su Moguer del alma, allá en el huerto claro, junto aquel pozo blanco, el autor de Platero; las aspas y gigantes del molino que muele la espiga de utopías. Sin vosotros yo nunca sería este humano breve que me siento.
¿Dónde existe más mundo, dentro o fuera de vosotros? ¿A lomos del día a día, lema y limo, o en lo que, desleídos, os leemos? ¿Qué es más verdad, la vida engañadora o las veraces sílabas que conforman los versos, las fábulas, las hermosas mentiras de vuestros mudos párrafos? ¿En qué lugar más humo, menos ascuas, en las favilas longevas de los plisados pliegos o en la instantánea chispa de esta existencia que casi no encendemos?
Libros, por encima de todo, gracias. Gracias por tanta tinta muerta, por tanta vida en tinta. Gracias por vuestros sentimientos y la carnegrafía. Sin conocer apenas, así es de superficial el hombre de la tierra, he conocido a fondo la claridad de Ítaca, los vinos sabrosísimos del suelo del Vesubio, el viento de Orihuela, la soledad de Gloria, los campos de Castilla. Y en algunas estrofas, acaso quedará el nombre de mi madre, grana bendita. (La Voz de Asturias, 25-04-09).
(C) Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva
Video realizado por Catamaram
Voz: María García Esperón
Música: Pure mood (Yanni)
Imágenes:
Angelica Kauffmann
Dalí
Alicia Martín
MMX
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